¿Por qué se le exige más a un futbolista negro que a un político?

  

¿Por qué se le exige más a un futbolista negro que a un político?

El fútbol como espejo del racismo estructural en Colombia


Por Jonh Jak Becerra

Cuando un futbolista negro falla un penalti, el país entero parece hundirse en un abismo. Pero cuando un político roba, miente o destruye la esperanza colectiva, la sociedad lo justifica con un gesto de resignación: “así es la política”. En Colombia, el racismo no siempre se grita; a veces se aplaude, se disfraza de exigencia, se normaliza en los estadios y en los silencios de la gente. Se le exige más a la persona negra que a las personas blancas/mestizas y blancas. Y esa exigencia no es inocente: es el eco de siglos de colonialidad, de una nación que todavía no ha aprendido a mirarse sin despreciar su propio reflejo.

Cuando era niño, viví unos años con mi madre en la ciudad de Medellín, Colombia, una ciudad que vive el fútbol como religión. Veía a la gente reunirse, exaltarse, discutir sobre quién era mejor, quién debía salir del equipo, mientras el país se desangraba en corrupción, desigualdad y promesas incumplidas. En los ochenta y noventa, el fútbol colombiano era una mezcla de gloria y tragedia, negocio y narcotráfico, pero también un espejo de lo que somos como sociedad. Recuerdo las nóminas llenas de jugadores blancos/mestizos del sur del continente, mientras los nuestros —los afrocolombianos, los del Pacífico y el Caribe— apenas asomaban, resistiendo desde la periferia.

No deja de ser paradójico: la primera Copa América que ganó Colombia fue con un técnico negro —Francisco Maturana— y con jugadores negros siendo protagonistas. Después de 28 años, la Selección volvió a un Mundial gracias a otro gol del “Palomo” Usuriaga. Pero el relato oficial olvidó pronto que la gloria tuvo color. En los titulares y las crónicas, el éxito era “de todos”, pero el fracaso siempre tenía nombre, rostro y tono de piel.
Ese olvido no es casual. Como diría Frantz Fanon en Piel negra, máscaras blancas (1952), “el negro no es un hombre, es un espejo deformado donde la sociedad blanca contempla su propio miedo”. En Colombia, ese espejo se llama fútbol.


El fútbol como espejo del racismo estructural

El fútbol es el escenario donde se ensaya el racismo con lenguaje de pasión. Allí donde debería haber igualdad, hay jerarquías raciales. Allí donde debería haber alegría colectiva, hay exclusión ritualizada. Se idolatra al jugador negro mientras brilla, pero se le crucifica cuando falla. Se lo celebra como cuerpo, pero se lo niega como pensamiento.
El racismo en el fútbol colombiano no necesita leyes ni decretos: se alimenta de la costumbre, de los chistes, de los comentarios que parecen inofensivos, de las narraciones que aún dicen “ese moreno potente” o “la fuerza natural del negro”. La naturalización de la violencia simbólica se esconde detrás de la aparente neutralidad deportiva.

Achille Mbembe, en Crítica de la razón negra (2013), sostiene que el racismo es una tecnología de poder que clasifica, jerarquiza y administra la vida y la muerte. En el fútbol, esa administración se traduce en la economía del cuerpo negro: útil mientras produzca espectáculo, desechable cuando no rinde. Es la versión contemporánea de la plantación colonial: los amos ya no llevan látigos, sino micrófonos, contratos, y audiencias. Los esclavos modernos visten camisetas numeradas.

Cuando escucho frases como “hay que sacar a esos negros del equipo, o de la selección Colombia”, recuerdo que el estadio es también un laboratorio del racismo. Cada insulto, cada meme, cada comentario mediático que racializa el error es una repetición inconsciente del viejo discurso colonial que asocia la negritud con el fracaso. Los medios deportivos, muchas veces, repiten ese guion, mientras aplauden la “diversidad” que dicen representar.
El racismo no se fue del fútbol: aprendió a esconderse detrás del entusiasmo.


Los cuerpos negros como territorios de exigencia

Ta-Nehisi Coates escribió en Between the World and Me (2015) que “ser negro es habitar un cuerpo que nunca te pertenece del todo”. Esa frase describe con precisión lo que viven los futbolistas afrocolombianos: sus cuerpos son públicos, deseados, observados, juzgados. Son vitrinas de éxito para una sociedad que los aplaude en el campo, Pero siguen siendo sometidos a la cruel opresión de un sistema racista que persiste en las calles, donde el racismo antinegro no conoce descanso.
Cuando el balón rueda, esos cuerpos cargan la expectativa nacional, la frustración colectiva, la ilusión de redención. Pero una vez termina el partido, vuelven a ser invisibles, sospechosos, o “demasiado negros” para ciertos espacios.

Fanon decía que el negro es “cuerpo sin alma para el colonizador”. En el fútbol, esa deshumanización se reconfigura: el jugador negro es cuerpo sin mente. Se le exalta por su fuerza y su garra, pero se le niega la inteligencia táctica o el liderazgo. Por eso, ver a un técnico como Maturana dirigir y ganar fue, y sigue siendo, una revolución simbólica: un hombre negro pensando el fútbol, interpretando el juego, transformando el relato. Su sola existencia desbordó el molde racista.

La persona negra, entonces, no solo juega: resiste. Cada gol, cada celebración, cada caída es un gesto político. En una sociedad que lo reduce a músculo, el cuerpo negro se convierte en pensamiento encarnado, en filosofía en movimiento. Pero esa resistencia tiene un costo emocional enorme. El jugador negro/afro no puede fallar: debe ser impecable, dócil, y agradecido. Debe cargar con la responsabilidad histórica de demostrar que “sí se puede”, mientras los verdaderos responsables de la desigualdad —los políticos, los empresarios, los dueños del poder— permanecen impunes.


Invisibilidad política y necropolítica

El racismo colombiano no solo se expresa en los estadios, sino en la distribución del poder. Mbembe define la necropolítica como la capacidad del Estado para decidir quién puede vivir y quién debe morir. En Colombia, esa decisión se manifiesta en la falta de inversión en los territorios afrodescendientes, en la exclusión sistemática del Pacífico, en la indiferencia ante el hambre del Chocó o las muertes del Bajo Cauca, Buenaventura. El abandono también mata, y la omisión es una forma de violencia racial.

Tenemos más de diez millones de afrodescendientes en el país, pero casi ninguno en los espacios de decisión política. En los congresos, en las cortes, en los ministerios, la presencia negra sigue siendo excepción, no norma. Sin embargo, en la cancha, somos mayoría. Esa paradoja revela el doble estándar: se acepta la negritud como fuerza física o espectáculo, pero se la margina como pensamiento o poder.
Como sociedad, preferimos al negro que entretiene al negro que gobierna.

Bell hooks, en Black Looks: Race and Representation (1992), advertía que la cultura dominante “consume lo negro” mientras excluye a los negros. Esa es la lógica del mestizaje colombiano: apropiarse de la música, la alegría, el ritmo, la sensualidad, pero mantener el cuerpo negro fuera del centro de decisión. Lo mismo ocurre con el fútbol: se explota su talento, se mercantiliza su imagen, pero no se democratiza el poder detrás del juego.

En ese sentido, el racismo no ha desaparecido; se ha vuelto más sofisticado. Ya no siempre se expresa con insultos, sino con contratos precarios, con la falta de oportunidades para dirigir, comentar, o administrar el deporte. Mbembe diría que el racismo actual no necesita sangre: le basta con administrar la precariedad.


Conclusión: el espejo roto de la nación

Colombia se mira en el fútbol y no se reconoce. Se emociona con la piel negra cuando marca goles, pero la teme cuando exige justicia. Se enorgullece de su “diversidad” mientras reproduce los privilegios del color.
El fútbol, que debería ser una escuela de igualdad, es también un campo de batalla simbólico donde se libran las viejas guerras de la colonia. Cada comentario racista en una tribuna, cada silencio mediático ante la discriminación, cada vez que se culpa al jugador negro por la derrota, se confirma que el país sigue atrapado en su propio espejismo.

No se trata solo de fútbol. Se trata de cómo esta sociedad distribuye la dignidad. De cómo exige perfección al marginado mientras tolera la mediocridad del poderoso. Se trata de cómo seguimos creyendo que el talento negro necesita ser “guiado”, “corregido” o “controlado”, cuando en realidad es el alma de nuestra identidad nacional.

Fanon escribió que “el racismo no es un accidente, sino la lógica que sostiene el mundo moderno”. Mbembe lo extendió: esa lógica sigue viva en las instituciones, en los discursos y en las pasiones. Y Coates nos recordó que el cuerpo negro, incluso cuando triunfa, sigue siendo vulnerable.
Por eso, cada vez que un jugador negro levanta la cabeza después de perder un partido, su gesto es un acto de dignidad. Está resistiendo a una nación que le exige más de lo que se exige a sí misma.

El verdadero cambio no ocurrirá cuando celebremos más goles, sino cuando entendamos que la justicia también se juega fuera de la cancha. Cuando dejemos de medir el valor de una vida por el color de la piel o el resultado de un marcador.

Ese día, quizás, Colombia dejará de exigirle tanto al futbolista negro… y empezará a exigirle, por fin, algo al político blanco.


Referencias:

·         Coates, T.-N. (2015). Between the World and Me. Spiegel & Grau.

·         Fanon, F. (1952/2009). Piel negra, máscaras blancas. Akal.

·         hooks, b. (1992). Black Looks: Race and Representation. South End Press.

·         Mbembe, A. (2013). Crítica de la razón negra. Anthropos.

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